A MODO DE CONCLUSIÓN.


MISIÓN EN VILLARGORDO. 

Hace unos días, ya dos semanas, escribía para vosotros mis primeras impresiones de la Misión, y es de justicia que ahora, intente completar  -pasado el tiempo y a unos kilómetros de distancia- las impresiones de entonces.

Me viene a la mente en primer lugar la procesión extraordinaria del Señor de la Salud a su ermita, rodeado de su pueblo, mecido por los costaleros, acompasado a los sones de la música de la banda "Maestro Miguel", acompañado en la emoción por tantos que en la luces apagadas de la noche, descubrían en Él –como siempre- la luz segura de la fe.

Recuerdo en la viveza del corazón las palabras emocionadas de D. José María a las puertas del cementerio. Me decía entonces, que aquello estaba siendo un buen colofón para todo lo vivido en esos días de misión: El anuncio emocionado de que el Señor de la Salud era y será siempre Salud y Salvación para aquellos que confían en su poderosa intercesión, y también para nuestros difuntos que vivieron y murieron en esa fe.

Esa y no otra ha sido la intención que teníamos los misioneros y la parroquia al embarcarnos en la aventura de la Misión: Dar a conocer la alegría de la fe a todos aquellos que por circunstancias de distinto tipo habían perdido la alegría de la vida, del amor, de la fe, de Dios. Y redescubrir el rostro de una iglesia-familia en la que todos nos ayudamos en la tarea pendiente de la fraternidad.

Inmediatamente antes, ya conocéis las fotos, celebramos el amor de Dios que se hace presente en los matrimonios y parejas, y la fecundidad de ese amor manifestado en los hijos nacidos en el seno de la familia.

En esa Eucaristía presentamos como símbolos de la Misión la maceta de trigo, sembrada al inicio de la primera semana de la Misión, expresión de la siembra que Dios quería hacer entre nosotros. La maceta brotó, y con fuerza, pero en ella se veía que faltaba trigo por crecer, y también tierra por sembrar. Puede ser expresión de esta Misión que debe continuar en la pastoral ordinaria de la parroquia, seguir sembrando y cultivando la Palabra para que pueda dar fruto.

Junto a ella, presentamos el árbol de la reconciliación, un olivo –como los vuestros- seco y apartado de la raíz, pero que fue signo de que el perdón de Dios realiza milagros, y el árbol floreció en humildes margaritas. Ese es también un trabajo que siempre habrá que ir rehaciendo, la reconciliación con todos, superar la murmuración y la crítica, poner perdón en el corazón de los hermanos, para que nuestra iglesia siempre esté florecida por el perdón generoso de Dios.

Queda para el futuro de la parroquia, las Asambleas familiares que deben cuidarse y alentarse para que sean siempre lugar de encuentro de los hermanos, casas donde se pronuncie generoso el anuncio de la salvación. Referencia constante de que la parroquia quiere salir de los muros “sagrados” y hacerse callejera, vecina, fraterna.

Y aún queda pendiente, para seguir trabajando, para seguir orando al Señor de la Salud, el anuncio del evangelio a los jóvenes. Hemos vivido una experiencia maravillosa con los que estaban, pero quedan muchos a los que aún no pudimos llegar. Los encomendamos al Señor de la Salud, para que el llegue a su corazón y puedan acercarse a esta familia que es la Iglesia, que los necesita, y a la que necesitan para poder vivir como hermanos.

No quiero cerrar estas palabras sin hacerme eco de la gran generosidad del pueblo con el Equipo Misionero, ello nos permite seguir anunciando con tesón la alegría del evangelio en otros lugares. Y también, disfrutar del buen sabor de vuestro aceite, que engrasará –con qué sabor y fuerza- nuestros pasos peregrinos.

                                   Gracias en nombre de todos.
 Agustín Texeira Cmf.


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