HOMILÍA DEL DOMINGO 17º DEL TIEMPO ORDINARIO (24 de julio 2016)


            v   Si no podemos concebir la vida de nadie sin diálogo y comunicación con los demás, tampoco       podemos concebir una vida cristiana sin diálogo con Dios, sin oración.

v  El Padrenuestro y la oración de intercesión nos invitan a dirigir nuestra mente y nuestro corazón a Dios y a todos los hombres y mujeres. Así nos enseña Jesús a orar.
§  Llamamos a Dios Padre, como lo hacía Jesús, porque nosotros somos sus hijos adoptivos, porque hemos experimentado su amor, su ternura y su cariño, y nos llama a la relación y a la comunión con él, pues nos acoge como somos, vive en nosotros y nos acompaña siempre. El Padre es la gran fortaleza para afrontar las dificultades y los problemas de cada día. Y como es Padre de todos, hemos de rezarlo en comunidad, lo que es una provocación al compromiso de la fraternidad, de la responsabilidad hacia el otro sin fronteras.
§  Este compromiso lo expresamos también en la oración de intercesión, como Abrahán en favor de Sodoma y Gomorra, y el amigo que va a casa de un amigo a media noche. Debe de ser una intercesión insistente, para alcanzar la misericordia de Dios en favor de alguien. Así nos hacemos prójimos de los demás y la amistad con Dios es más profunda, pues Dios está siempre dispuesto a escucharnos y a darnos el Espíritu Santo en favor de todos.

v  Ahora en la Eucaristía seguimos dirigiendo nuestro corazón y nuestros ojos a nuestro Padre Dios que nos ama, ofreciéndonos a interceder por todos, especialmente los más necesitados de la misericordia del Señor.

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