TRIDUO AL SANTÍSIMO SACRAMENTO 2016


                                     Día primero: el valor del silencio

n  En la vida moderna corremos el peligro de eliminar todo espacio de silencio, pues sentimos pavor o espanto ante él, llenándolo de ruidos y palabras ininterrumpidas. Tenemos vacío el espíritu y necesitamos siempre ruido de fondo. Estos ruidos interiores tienen origen en la falta de unidad interior, en el hablar consigo mismo y en las ensoñaciones. Esto nos hace vivir en las prisas, los nervios y la agresividad.

n  Sin embargo, necesitamos un suplemento de alma, una cura de silencio: en el silencio encontramos la paz, la verdadera libertad y la serenidad.

n  En esta coordenada debemos situar el domingo y su celebración eucarística como un suplemento de alma para el creyente: hemos de revalorizar la oración del silencio enmudecido, consecuencia de la percepción de la grandeza y hermosura de Dios:
·   Silencio no es mutismo, no hacer nada.
·   Significa no agitar y no dejarse agitar por nada, no hablar y no dejarse inquietar por el movimiento de la conversación: silencio del espíritu y del hombre entero.
·   Es disposición, apertura y disponibilidad para la visita de Dios, para que Él nos hable y quedemos sobrecogidos. Hacer silencio es estar vacío de sí mismo, irse haciendo capacidad para acoger la presencia de los demás y de Dios, atender e ir asimilando lo que se oye.
·   Es la prolongación ilimitada de la palabra, necesario para que tenga sentido en nosotros lo que oímos y experimentamos. Sólo cuando nos callamos, se nos desvelan los contornos del perfil del otro.

n  ¿Cómo concretar todo esto en la Eucaristía?
·   Cuidando el silencio antes de la celebración: se trata de concentrarse y recogerse, preparándonos para lo que vamos a celebrar, haciendo silencio interior, necesario para el encuentro del alma con Dios, sin cuchichear, ni hablar.
·   En la celebración:
§ En el acto penitencial: nos situamos sinceramente ante Dios, sin engaños, centrándonos en nuestra condición de pecadores que celebran la misericordia y la salvación del Señor.
§ Después de la invitación a orar “Oremos”: todos permanecemos en silencio para hacernos conscientes de estar en la presencia de Dios y formular interiormente nuestras súplicas; a continuación, el sacerdote lee la oración colecta, que expresa el sentido de la celebración y recoge los sentimientos de la asamblea.
§ Al terminar las lecturas y la homilía, para meditar y reflexionar brevemente sobre lo que hemos oído; lograr la plena resonancia de la voz del Espíritu; unir la oración personal con la Palabra de Dios.
§ Después de la comunión, para interiorizar y apropiarnos del Señor con agradecimiento, rogando que obtengamos los frutos del misterio celebrado.
·   Después de la Misa:
§ Hemos de cuidar especialmente este silencio, pues parece muchas veces la iglesia un gallinero o lavadero, porque todo el mundo habla y dificulta la oración de los demás.
§ Es muy conveniente que después de la Misa se dé gracias al Señor por todo lo celebrado, para que podamos realizarlo en la vida.


Día segundo: La Eucaristía, sacrificio

n Hoy no se habla con gusto del sacrificio. Tampoco de la Eucaristía como Sacrificio; antes se decía de ella que era el "Santo Sacrificio de la Misa".

n Desde las palabras de Cristo en la última cena (“mi Cuerpo entregado”, “mi Sangre derramada”) referidas no sólo a su entrega en la cruz, sino también al gesto que estaba haciendo con el pan y el vino, ha sido clara la fe de la Iglesia en que la Eucaristía tiene carácter sacrificial:
·  El sacrificio cristiano es único: el de Cristo en la cruz.
·  Podemos afirmar que la Eucaristía sea sacrificio desde las palabras de Jesús: “Haced esto en memoria mía” ---> la Eucaristía es la conmemoración y la actualización del único sacrificio de la cruz de una manera incruenta.

n ¿Cómo en nuestra celebración se puede hacer presente el sacrificio de Cristo?
·  El Cristo glorioso hace presente su sacrificio:
§ El sacrificio de Cristo en la cruz no es un hecho aislado, sino algo esencial y permanente, identificado con su persona: entrega sacrificial, ser por y para los demás.
§ El Señor resucitado y glorificado sigue en la misma actitud de entrega por los demás, intercediendo por nosotros.
§ Por tanto, es Jesús glorioso (que se sigue entregando) el que se hace presente en la Eucaristía, no sólo como Persona, sino de su sacrificio en la cruz.
·  La Iglesia se incorpora a este sacrificio:
§ Cristo como Cabeza del Cuerpo Místico de Cristo (la Iglesia) nos incorpora a sí mismo y a su Pascua: la Pascua del Gólgota se sigue desplegando ahora en la comunidad cristiana.
§ El sacrificio de Cristo en la cruz no ha terminado: se sigue realizando a través de la Iglesia, su Cuerpo.
§ Nosotros nos incorporamos al sacrificio de Cristo; por eso, se pide que el Espíritu Santo “nos trasforme a nosotros en ofrenda permanente”.

n ¿Qué consecuencias tiene esto para nuestra vivencia de la Eucaristía?
·  Hemos de tomar en serio esta dimensión de la Misa; la prueba de esto es que nos compromete, nos envuelve en su dinámica sacrificial.
·  Esta perspectiva da a nuestra vida una profundidad nueva:
§ La Eucaristía es un signo que expresa nuestra actitud de unión vital con el sacrificio de Cristo.
§ Nosotros nos auto-ofrecemos, uniendo nuestra entrega a la de Cristo: la vida, cargada de alegrías y penas, de fatigas y renuncias, de compromiso y de esperanza, queda fotografiada sacramentalmente en el pan y vino que aportamos al altar.
§ Por lo tanto, nuestra vida es una Misa, una entrega, un ofrecimiento al Padre y a los hermanos, que prolonga el sacrificio de Cristo; y vamos al encuentro del Señor intentando asimilar en nuestra existencia su actitud fundamental de entrega.


                                  Día tercero: El culto a la Eucaristía

n  En estos últimos años se ha mejorado la celebración de la Eucaristía: participación, sentido comunitario, papel central de la Palabra y la comunión,...; sin embargo, se ha notado un retroceso y una desafección con respecto a la oración y el culto de la Eucaristía.

n  ¿Qué sentido tiene el culto a la Eucaristía?
·   Está claro que el fin principal de la Eucaristía es la celebración y la comunión.
·   Sin embargo, este culto puede ser de gran provecho para nuestra vivencia de este sacramento y para nuestra vida cristiana, pues una oración reposada, meditativa, hecha de fe y admiración da calidad a nuestra fe en Cristo:
§ El culto prolonga el clima eucarístico de la celebración: alabanza, adoración y acción de gracias.
§ Es el mejor modo de prepararnos a la próxima celebración, suscitando en nosotros sentimientos de fe y respeto, que luego hacen posible una celebración consciente.
§ Contribuye a asimilar la comunión de vida que Cristo ofrece por este sacramen­to, sobre todo en el ofrecimiento y en la entrega de nuestra vida al Padre y a los hermanos, uniéndonos al sacrificio de Cristo.
n  ¿Que formas de culto a la Eucaristía recomienda hoy la Iglesia?
·   La celebración de la Eucaristía:
§ Es la celebración central e identificante de los cristianos.
§ Es necesario prepararla, no sólo estudiando los textos bíblicos y las oraciones, sino con la oración personal.
§ La participación plena, activa, consciente, interna y externa de todos es imprescindible.
§ Es recomendable también dar gracias al Señor después de la comunión.
·   La comunión en la Misa:
§ Es la participación plena de la Eucaristía;
§ Debemos cuidar:
o guardar el ayuno eucarístico;
o cuidar el estado de gracia, necesario para recibirla; San Pablo exhorta a realizar un examen de conciencia;
o fomentar la devoción y el respeto.
·   La adoración comunitaria del Santísimo es uno de los fines de la reserva eucarística:
§ Exposición del Santísimo, reconoce y adora la presencia de Cristo, y nos invita a la comunión de corazón con Él todos los viernes.
§ Procesión en la solemnidad del Corpus Christi, que manifiesta públicamente la fe en Cristo presente en la Eucaristía, como Iglesia peregrina, con actitud de adoración y alabanza.
§ Adoración eucarística del Jueves Santo en el Monumento.
·   La oración personal ante el Santísimo: Es el momento de disfrutar del trato íntimo del Señor, donde cada alma enriquece su propia vocación y su espiritualidad.
·   Cuidar los gestos y actos personales:
§ Silencio respetuoso en el templo y en la Eucaristía.
§ Hacer la genuflexión, simple, con dignidad.


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